3 junio 2014 | Categorías: Opinión, Portada | |

8168563540_e0deecb92f_zAlejandro Nadal – Consejo Científico de ATTAC

Se dice que las posiciones conservadoras han triunfado en las elecciones del parlamento europeo. Es cierto, pero esta frase es extraña porque la derecha no ha cesado de imponerse en Europa desde hace dos décadas. Su proyecto económico neoliberal ha sido impuesto por la burocracia en Bruselas, por el capital financiero y por los intereses de las grandes corporaciones. Entonces, ¿cuál es esta nueva victoria de la derecha en Europa y por qué nos importa en todo el mundo?

La crisis tiene raíces viejas que el electorado europeo no ha comprendido. El descalabro económico y financiero en el que vive Europa desde hace cinco años es resultado del neoliberalismo. A su vez, este sistema de política económica es la respuesta a los problemas que presentó la evolución de las principales economías capitalistas. Por eso, desde los años setenta, el neoliberalismo busca por todos los medios abrir nuevos espacios de rentabilidad, primero a través de la expansión del capital financiero y, segundo, por medio de la sobreexplotación de la fuerza de trabajo. El resultado era de esperarse: la peor crisis desde 1930.

Pero el capital supo aprovechar políticamente el colapso, al aplicar las recetas de política económica que siempre ha tenido en su arsenal: la austeridad fiscal y la salvaguarda de los intereses del capital financiero. En lugar de analizar con cuidado los orígenes de la crisis, el electorado escogió la puerta fácil y encontró a los culpables en los inmigrantes y en los tecnócratas en Bruselas. Cabe señalar que muy pocos partidos fueron capaces de llevar un mensaje de claridad y lucidez política: el ejemplo más sonado es el de Syriza en Grecia, caso que merece un análisis por separado.

Los partidos de derecha, desde el grotesco Partido Independiente del Reino Unido (UKIP, por sus siglas en inglés) hasta el peligroso Frente Nacional en Francia, pasando por el Partido del Pueblo en Dinamarca, tienen reclamos distintos, pero todos enfocaron sus baterías en contra de la burocracia en Bruselas. Es el eco de su animadversión en contra del gobierno, cualquiera que sea su manifestación, nacional o supranacional. Su mensaje es sencillo y fácil de entender por los votantes: hay que frenar a las burocracias.

La contradicción no podía ser mayor. Esos mismos partidos conservadores abrazan las políticas neoliberales que ha promovido y aplicado la burocracia en Bruselas. Prefieren la desregulación y adoptan los dogmas neoliberales en materia de política fiscal y monetaria. También promueven la privatización de todo lo que se parezca a un espacio público, desde el sistema de salud hasta el medio ambiente. Y, sobre todo, impulsan la eliminación de normas de protección de los trabajadores: aquí se mezclan el racismo y el odio al gran gobierno. Por ejemplo, para Farage y Le Pen, líderes del UKIP y del Frente Nacional respectivamente, los inmigrantes que vienen a robarse los empleos se aprovechan indebidamente de las normas de protección social que todo distorsionan.

Esa propaganda caló profundo en las elecciones del parlamento europeo. El daño es grave. La paradoja es la siguiente: enemiga de la burocracia en Bruselas, la derecha hoy se erige triunfadora con un proyecto ideológico que es muy similar al que está detrás de la integración europea de corte neoliberal.

Claro, existen algunas diferencias importantes. El mejor ejemplo es la negociación para la firma de un tratado de libre comercio entre Estados Unidos y la Unión Europea (el TTIP, por sus siglas en inglés). Para la Comisión en Bruselas el TTIP sería la llave de la creación de empleos y la salida de la crisis. Para la oposición (y aquí se unen partidos de derecha y de izquierda), el TTIP es ejemplo de abuso de poder por parte de la Comisión (el comisionado europeo de comercio está negociando por parte de unos 500 millones de habitantes). Los temas de disputa son múltiples, desde el medio ambiente, la salud, el derecho de las grandes corporaciones a demandar a gobiernos, hasta una mayor desregulación financiera y laboral. Quizás lo único positivo de estas elecciones del parlamento europeo es que su resultado no es buen augurio para las negociaciones del TTIP.

El balance final de las elecciones en Europa tampoco es una buena señal para los cambios que realmente necesita el proyecto de integración. Es cierto que el electorado ha afirmado que no quiere seguir siendo sujeto de una burocracia que no rinde cuentas a nadie. Pero eso no basta. La nueva composición del parlamento europeo no permite asegurar un viraje constructivo en el proyecto integrador en Europa.

Alguien ha avanzado la conjetura siguiente: el triunfo de la derecha populista no está fincado en un voto de castigo, sino de adhesión a las posturas conservadoras. Puede ser, pero los partidos de derecha no tienen respuestas a los graves problemas que aquejan a Europa. El triunfo de la derecha en el parlamento europeo debe interpretarse como el hundimiento del proyecto de integración europea al modo del neoliberalismo.

Artículo publicado en La Jornada

Ilustración del artículo cortesía de Peter Kurdulija. Usada bajo licencia  Creative Commons

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